Es sólo que sucede, a veces, de pronto. Olvido todo y pongo la cabeza sobre el suelo, queriendo avanzar y ensuciando las nubes. Sucede, a veces, de pronto; y perdido huyo del aroma del sol y sus promesas áridas.

Pero ¿quién eres? y qué desdicha no saberlo. Sobre las cruentas manecillas que extienden los fulgores vas queriendo interpretar tu desmembrado corazón, no puedes y te rompes, no podrías aún al amanecer con la luz pegando en tu rostro. Rinde tus manos, abandona el movimiento y da paso al silencio y a la calma plena, incluso el abrupto pensamiento de la soledad se quedará lejos. Déjate vencer, sino has errado suficiente, podrían quedar algunas flores para tu rosal. Marcha tendido, tus sobras avanzarán contigo. Qué más habrías de necesitar para darle tregua a tantas ventanas rotas. Malaventuranzas. Quédate en el hielo y permite el sollozo natural y temporal. ¿Cuántos gritos sin respuesta? Cuántos llevas ya, y cuántos trozos de voz te podrían quedar, si no puedes ni darte cuenta que eres mudo. ¿Quién eres? y qué desdicha aún sabiéndolo, un caminante errante, el hueco entre un tiempo y una memoria de infortunios. Es exquisita la orilla de tu sombra, es soberbio ver que la nube y la vela se van consumiendo dentro de ti. Eres el caminante sin dedos, sin pies, te inventaste en tu noche perversa, de locura, un mapa y ensanchaste tu orgullo confundiendo el anhelo, pero no son más tus palabras que desechos y huellas vacías, desdén y oscuridad. Quédate cuanto te haga falta para saber que la desdicha no radica en saber o no quién eres, sino en que da igual saberlo.

Cuántos trozos de voz… te vas quedando sin nada, aún menos, sin nada…

Rosa blanca

¿Cuántas planas sirven poco?
Cuántos textos que quizá no sé.
Voy entre las orillas del otoño
y las tormentas del invierno,
Voy bebiendo y preguntando:
¿A dónde se ha ido la rosa blanca?
Cuántas noches ciego he de quedar
para creer que le veo en el jardín.
Vaya cuánta soledad, y en soledad,
Voy buscando la rosa blanca que perdí.

De horas

Realmente poco entiendo de todas las cosas, sin embargo, suelo sentir casi todas las cosas.

Se deshace en su vientre la pócima del origen, el misterio irrelevante y el ligero pensamiento de nuestros días. Qué sucedan las cosas, mientras en la tarde. Y, entre todas esas cosas que suceden se escuecen las respuestas, después de unas horas, las cuestiones cambian como cambian también las respuestas. No queda nada, y tal vez se haya quedado todo, un hubiera sin nombre se volverá un recuerdo mal educado, una negación constante que entre todas las tardes y sobre todo todas las tardes de este año, se asomará entre su vientre, por encima de mis ojos, y no podremos hacer nada. Tal vez nada pudimos haber hecho por él antes.

“…Poco había leído de aquellas hojas que había encontrado en medio de la hierba, sin embargo, eso poco había bastado para mantener mi mente buscando descifrar quien fue él que escribió eso. Las otras casas del pueblo están lejos de aquí, y lejos del río, somos los únicos que año con año se la pasan toreando al río para ver si nos deja algún tronco que pueda servir en invierno. El año pasado pudimos rescatar una vaca. Entre el dueño que se vino corriendo desde no sé cuántos kilómetros hasta acá, y yo, jalamos al animal para que saliera. Pobre, que apenas tenía fuerzas para salir, y cuando estuvo afuera dio unos pasos y cayó…”